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«¡Fíjate cómo lo hace tu hermano, hombre!»

Comparamos hijos, alumnos, hijos de amigos o compañeros de equipo. ¿Por qué, para qué, qué nos trae, qué les deja a medio y largo plazo? Revisemos.

Los adultos comparamos, es verdad, es una tendencia cultural que mantendremos inconscientemente hasta que estemos listos para aceptar a cada individuo con único e irrepetible.

Esta tendencia surge desde muy pronto, desde que los niños son tan pequeños que ya comparamos incluso los embarazos y después, claro está, lo que crecen, duermen, engordan, comen… para pasar a comparar más adelante la edad en la que empezaron a caminar, los andares, las primeras palabras y hasta el control de esfínteres.

Comparamos con los hermanos mayores (si estos son más formales) o con los menores (si es el caso de que estos lo sean), comparamos si no hay hermanos con sus amigos, con los hijos de las vecinas, los compañeros de clase o de equipo… con quien sea que haga algo que nos parece más correcto y adecuado (algo que nos resultaría menos latoso de «educar»)

¿Y por qué lo hacemos?

Pues entiendo que, desde nuestras inseguridades o falsas convicciones, desde nuestros anhelos y proyecciones de vida, incluso desde nuestros miedos, intentamos que esos, «nuestros» hijos o alumnos, sean como los ideales que hay en nuestra cabeza. Y resulta que como no lo son y que hay días en que tenemos poca energía positiva buscamos maneras de atajar ¿Cómo? haciéndoles ver modelos alrededor de lo que podrían estar imitando mientras nos quitan trabajo de encima.

Intentamos motivar la imitación con frases como «¡Fíjate cómo lo hace tu hermano, hombre!» y así de paso dejamos ya evidenciar lo que para nosotros es lo mejor o más acertado en cuanto a actitudes, hábitos o comportamientos.

Pues resulta que uno es como el sol y el otro como la luna ¡Ahí empiezan el lío y las expresiones que arruinan personas!

«Come una cucharada más ¡anda! mira que Antoñito está más fuerte que tú»

«O corres tanto como Paula o te quedarás siempre el último como las tortugas»

«Podías dormirte rápido como tu hermana, mira cómo ya está dormidita y en silencio»

«De verdad… ya desde la barriga veía yo que como tu hermano no ibas a ser»

«Mira cómo pone él las cosas al lado y es más limpio comiendo, venga, hazlo tú como él que también puedes»

«Este crío no engorda, el mayor es mucho más hermoso»

«Que mal duerme por Dios, ni la mitad de bien que su hermana»

¿Consecuencias?

1º- NO conseguimos el efecto buscado (eso de que imiten lo más correcto)

2º- Dañamos su auto-estima (porque nunca se sienten suficiente para nosotros, el listón que pone ese hermano/amigo es demasiado alto)

3º- Alimentamos los CELOS. Sí, porque no somos conscientes del odio y las envidias que podemos estar generando entre esos dos o tres hermanos que, por otro lado, intentamos se amen, respeten y admiren.

4º- Fomentamos la competencia (en vez del ser competentes) y la rivalidad. Tremendo cuando lo que necesitan por naturaleza es ser compañeros, hacer tribu y aportar desde las diferencias.

Las comparaciones deben ser inspiradoras, motivadoras, no despectivas ni juiciosas.

«Comparar está bien siempre y cuando sea una comparación que nace de la observación, no de la sentencia o el juicio»

Sally-Anne McCormack , psicóloga clínica y profesora

EVITEMOS…

ETIQUETAR (cambiando el «eres» por «haces» o «estás»), JUZGAR, INTIMIDAR («Así nunca vas a alcanzar a tu hermano»), HUMILLAR («¿Ves? ¿Ves cómo este niño no va con los mocos colgando y tú sí, cochino?»)

«¡Fíjate cómo lo hace tu hermano, hombre!»

ENTONCES… ¿QUÉ PODEMOS HACER PARA QUE EL NIÑO ADQUIERA HÁBITOS MÁS ADECUADOS SIN COMPARAR?

  • Dar ejemplo (Lo primero primerísimo. He visto a un padre con la boca llena de comida decirle al hijo que mastique bien y se comporte en la mesa).
  • Ser capaces de ver las fortalezas de ese niño al que sólo vemos debilidades. Desde las fortalezas podemos construir, desde la debilidad no.
  • Aceptar las diferencias individuales entre los miembros de la familia/grupo y practicar ese amor incondicional que presumimos tenerles cuando nacen.
  • Reforzar ¿positivamente? los comportamientos acertados. Cuidado, este niño necesita SENTIRSE CAPAZ y para capacitarle debes ALENTARLE no elogiarle. El mejor refuerzo ante una conducta adecuada es el aliento para que desde él se genere un pensamiento «yo valgo, yo puedo, yo soy capaz, yo lo he conseguido» (que no sea el juicio de valor positivo de otra persona lo que le haga creer que es capaz sin sentirlo de verdad intrínsecamente).
  • Compararle consigo mismo antes de alcanzar esos pequeños logros diarios «Fíjate, hace un mes aún no eras de capaz de dejar los zapatos en su sitio y ahora ya sí».
  • Educar en lo favorable de la convivencia cuando cada miembro aporta desde sus habilidades. Combinando fortalezas de unos y otros en pro del grupo. Ayudándose.

A corto y medio plazo podemos estar generando efectos negativos si seguimos comparando como solemos hacerlo, y seguro que no estaremos consiguiendo ese objetivo de que mire a quien lo hace bien y le admire de una forma sana y motivadora. A largo plazo los efectos pueden perdurar hasta la adultez. Si tienes interés en ver cómo nos puede llegar a afectar sigue estos enlaces que te hablan de:

1- Cómo las comparaciones nos encadenan y hacen infelices

2- Cómo las comparaciones son perjudiciales para el crecimiento personal

Porque todos somos únicos e irrepetibles aunque seamos TODOS IGUALES en una cosa: el valor como personas.

Reflexionando 😉

Virginia García, www.ContigoDesenredo.es

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