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“Mamá, que no es para tanto…”

"Mamá, que no es para tanto..."

“Mamá, que no es para tanto…”

En alguna ocasión ya os comenté mi opinión sobre LAS QUEJAS y lo que las personas hacemos cuando las cosas no van como esperamos. Hoy reflexiono, y os invito a hacerlo, acerca de esas situaciones tan complicadas que a veces nos llegan y acerca de cómo respondemos o reaccionamos ante ellas. “Mamá, que no es para tanto…”

¿Realmente es tan complicada la situación o solo que nos resulta inesperada y/o desagradable?

Hay un refrán que dice “Más vale malo conocido que bueno por conocer” y se refiere en parte a esto, a que las cosas siempre pueden llegar a estar peor. Entonces, cuando no va todo tan IDEAL como quisiéramos, y lo vemos muy mal, lo único que estamos haciendo es DECIDIR quedarnos en la queja mirando un problema que cada vez es mayor, o sea, alimentándolo para que crezca. 

Quizá esa actitud es cuestión de carácter, de personalidad… no sé, de si eres pesimista o no, aunque siempre se puede aprender a ver, sentir y atender las situaciones de otra manera.

No sé cuál podría ser la situación que te hiciera penar, pueden ser miles y variopintas, desde una uña rota hasta un hijo ingresado en la UCI ante cualquiera de ellas HAY MANERAS DE SER REALISTAS Y RELATIVIZAR.

Relativizar ¿por qué?

Porque necesitamos estar en calma para poder  afrontar y atender la situación, para no malgastar la energía que vamos a necesitar al resolver y porque nuestros hijos o alumnos se merecen recibir un ejemplo digno de cómo hacer “en estas circunstancias”.

“Ya, relativizar, pero no es tan fácil…”

Claro, como todo lo que aún no hemos practicado y entrenado. Pero el que la sigue la consigue, es cuestión de querer (eso significar DECIDIR de forma voluntaria sobre ti mismo) y a eso podemos llegar TODOS.

Voy a partir de un ejemplo que yo viví hace unos días: El menor de nuestros hijos fue invitado a participar en una acampada de 5 días en un pueblo de Cantabria, se trataba de acompañar en la experiencia a su “primo” de acogida, un niño saharaui que pasa el verano en casa de mi hermano. La asociación que les facilitó la acogida organizaba esta quedada como otros años y la experiencia solía resultar de gran crecimiento para todos, saharauis y españoles. Carlos no lo dudó y dijo “Sí, quiero ir”. 

Y ahí justo puede empezar mi momento “nube gris” si me dejo llevar por MIS MIEDOS. 

Si dejo que fluya esa nube gris puedo llegar a pasársela, con todos mis temores para que los haga suyos, y a empujarle a cambiar de idea y decidir  no ir al fin, algo que quizá a mi me tranquilizaría  pero que no sería ni justo ni respetuoso para él.

¿A qué puedo tener yo miedo? a que se sienta solo, a que no se entiendan entre ellos, a que tengan un accidente con el bus en carretera y no le vuelva a ver vivo, a que se asuste de algo, a… ¡Pamplinas! me estoy quedando en prejuicios e inseguridades que no nos permiten avanzar.

¿SOLUCIÓN?  Tomar distancia: RELATIVIZAR

¿Es realmente peligroso? ¿Es tan grave como yo lo pinto? ¿Podría ser peor?…   ¡Sí!  ¡Por supuesto que podría ser peor…! ¿Cómo lo puedo ver más claro entonces? pues suele ser más evidente de lo que creemos, peor lo deben estar pasando las mamás de esos niños saharauis que en vez de 4 días les enviaron para 2 meses enteros, y no a 1 hora de distancia en coche si no a miles de kilómetros,  a un lugar donde no conocen a las personas que les van a atender, ni el idioma, ni las costumbres, ni las comidas…

Nuestro hijo iba a estar viviendo una experiencia de mucha menos desconexión en este caso y aunque los riesgos siguieran siendo los mismos eran totalmente tolerables por mi, aceptables, razonables (¿cómo no lo iban a ser para mi si otros seres humanos, como esas familias del desierto, eran capaces de afrontarlo y disfrutarlo por el bien de sus hijos?). “Mamá, que no es para tanto…”

Al relativizar y empatizar con otras personas en situación similar o peor soy capaz de ver todo lo positivo que la situación nos dejará, todo el aprendizaje, crecimiento y amplitud de miras, que nuestro hijo va a tener oportunidad de sacar de ella, también a valorar sus fortalezas como la valentía, la seguridad en si mismo y, sobre todo, a disfrutar, como buena 3M* que soy, de verlo sintiéndose CAPAZ. 

Si ante los miedos y la nube gris no tomo distancia estaré exagerando mental y emocionalmente la situación y sus posibles consecuencias, cosa que no me interesa para nada porque me quedaré en el miedo desde el que creé el problema.

Para poder resolver y avanzar necesito sentir, en vez de miedo, seguridad. Entonces si podré atender el caso en su “justa” medida.

¿Y cuál es la justa medida? pues esa entre un “Se me cae el mundo encima” y un “no aprendo nada de la situación ni de mis reacciones”

Claro que debemos ver tanto lo positivo como lo negativo de cada situación porque si no, en vez de relativizar y aprender de lo desagradable, estaremos huyendo.

En muchos casos cuesta tomar distancia y, supongo que por no gastar energías y mantener el cerebro cómodo, nos quedamos en el miedo, en ver los contras y evitar afrontarlos para salvaguardarnos de los riesgos. En estos casos, cuando surgen los temibles “Y-SI”… (¿Y si se marea?, ¿Y si se mata?, ¿Y si no me recuerda?, ¿Y si me despiden?, ¿Y si lo pierdo?, ¿Y si no funciona?…) es cuando, en los talleres y cursos con padres y docentes, me veo en la tesitura de ponerles al límite.

AL LÍMITE RESPONDEMOS

Nunca olvidaré aquella situación con un padre indignado porque “su hija de 11 años no comía verduras, y era una pelea diaria con ella, la hora de la comida era un tormento… ¡y eso era inaceptable! porque les había tomado ya por el pito del sereno y siempre quería tener razón ella”…

El hombre se exaltaba cada vez más ante mis intentos de relativizar la situación

(que se había convertido en el eje central de los momentos en familia POR DECISIÓN EXPRESA DE ESE PADRE y en el cáncer de la conexión emocional entre todos sus miembros),

no le servían comentarios sobre otras comunidades humanas que no consumen dietas tan variadas y están sanos, ni sobre la lucha de poder que esta situación le estaba suponiendo al igualarse a una niña de 11 años, ni sobre el distanciamiento con y desamparo de  su hija pre-adolescente que él mismo estaba generando…

Nada, erre que erre, él esperaba de mi una solución eficaz para que su hija comiese al fin “Una p… hoja de lechuga”.

Hasta que le puse al límite:  “Mamá, que no es para tanto…”


YO: “Imagina que mañana, al levantaros, tu hija no se despertase porque mientras dormía murió de un infarto” 

ÉL: “¡Joder!… ¡No me digas eso!

Los compañeros de taller:  “Puede pasar, aunque no quieras pensarlo

YO: “Entonces, en ese momento en que te das cuenta de que no despierta y su corazón no late ¿Cómo de importante es para ti que no comiera verdura? ¿Cuánto te arrepentirías de haber malgastado momentos juntos comiendo o cenando, de reíros, de conversar, de escucharos…?    Ahora debes decidir tú si seguirás obcecándote en situaciones absurdas o relativizando y buscando la justa medida para ambos”

ÉL: “Tienes razón… me estoy pasando con ella. Gracias”


Si no podemos solos pedimos ayuda. Si no podemos tomar perspectiva y estamos solos sin alguien a quien pedir ayuda nos la pedimos a nosotros mismos: A veces, ante una duda de cómo hacer con mis hijos, pienso “¿Qué consejo le daría a una amiga o a una consultante si me plantease esta misma situación en su hogar?” y me obligo a tomar distancia  porque, además, para resolver los problemas de otros somos todos muy buenos, mejores que para ver la paja en nuestro ojo ¿verdad?

Pues si estando al límite podemos responder con una mirada más ampliada y realista de la situación…

¡No esperemos a estar al límite! Podemos anticiparnos para relativizar cuanto antes y poder ser agradecidos que, aún con lo que tengamos encima, PODRÍA SER PEOR.

Y tú… ¿Qué tomas para estar mejor? Tomemos distancia  😉

 

Virginia García, Contigo Desenredo

 

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