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“No tengo que darte explicaciones. Camina.”

¿Cuántas veces hemos sentido ganas de decirlo?

“¡No tengo que darte explicaciones! Camina”. O cuántas lo hemos dicho. Lo curioso y en lo que nos vamos a fijar hoy es en que la mayoría de las ocasiones nos ocurre con los niños y con los adolescentes. Vamos a ver si acertamos con el porqué.

Razones puede haber varias, siempre ocurre, interpretaciones muchas más, tantas como individuos.

Aunque nos apetezca mucho muchísimo decírselo a algún adulto (pareja, empleado, ¡jefe!, entrenador o maestro entre otros) nos “cortamos” más y nos auto-controlamos, somos capaces de hacer gestos disuasorios, de bajar la mirada, de darnos la vuelta y marchar e incluso de cambiar tajantemente de tema, con el fin único de evitar que la frase determinante salga de nuestra boca y provoque lo que puede provocar. Incluso podemos acabar dando las explicaciones.

¿Qué es lo que puede provocar?

Dependiendo de la persona y de cómo lo reciba, de la situación concreta, del estado de ánimo de cada uno (hablante y escuchante), del nivel de jerarquía que haya marcado entre ellos… el resultado puede ir desde un Vale, vale, pues no me des explicaciones” y quedar ahí sin ir a más hasta un “¡¿Cómo que tú no me debes explicaciones? por supuesto que me las debes y como no me las des ahora mismo voy a tener que (…)!” con la consiguiente amenaza, castigo o menosprecio, como poco.

Para evitar esto no se lo decimos a los adultos. ¿Y a los  niños y jóvenes sí?

¿No nos preocupan estas reacciones o sentimientos en ellos, que se encuentran normalmente más indefensos que nosotros?

¡Pues por eso lo hacemos! ¡Ahí está la respuesta! Porque de ellos no va a depender nuestro bienestar económico o social. Ni tan siquiera creemos que el emocional dependa de nuestra relación de conexión, respeto y confianza con ellos.

Nos equivocamos y mucho. Nos falta aún práctica para ponernos en su piel (en sus zapatos solemos decir y en este artículo me viene al dedillo), pero nunca es tarde, seguiremos practicando para mejorar.

Este escrito narra a continuación una situación real, en un comercio de un pueblo donde pasaba unos días de vacaciones Carlota con su familia. Lo leemos y seguimos hablando 😉

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“Carlota, vamos”
“Espera Mami, mira estas…”
“No miro nada, vamos”
“¡Estas con color pata! ¡mira ven!”
“¡Carlota! te he dicho que nos vamos ¡venga! no seas pesada”
“Joooo, es que a mi hermana le has comprado las que ha querido y a mi no me dejas ni mirarlas ¡qué morro! ¡yo quiero estas!”
“Haz el favor de no ponerte tonta ¡eh! ¡pasa delante de mi!”
“Que nooooo, que quiero que las veas”
¡Se acabó! y deja de dar la nota delante de la gente. Como no salgas de la tienda ahora mismo ahí te quedas. Nosotros nos vamos”

(Carlota sigue mirando pares de sandalias con ojos de deseo. Su madre, su  hermana y su tía salen de la tienda)

¡Mamáaaaaa! ¡Espera! (…empieza a llorar y va saliendo con prisa y cara de miedo a la soledad)”
En la calle Carlota se enjuaga las lágrimas que muestran su disconformidad, sentimiento de injusticia, frustración, falta de atención y de pertenencia. Se calma y pregunta:

“¿Y porqué a mi hermana le puedes comprar y a mi no?”

A lo que la madre responde rotunda:

“No tengo porqué darte explicaciones. Camina”

Carlota se ROMPE por dentro y, disimulando por estar ante la mirada de tantos desconocidos, llora entre un temblar de labios y un frunce de ceño apretadísimo, mientras camina con la cabeza baja detrás de Mami, que avanza a paso ligero (¡de la mano de la hermana!) como si tuviera la intención de apartarse del “foco” de peligro: la zapatería, y confiando así en que a Carlota se le pasará TODO cuando deje de ver las sandalias.

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¿¿¿ QUÉ VEIS ???

Ahora podemos practicar a ponernos en “las sandalias de  Carlota” para intentar entender qué necesitaba, qué buscaba, qué quería. Y la respuesta no es: “Unas sandalias de color plata”.

Cierto es que le encantaban y le gustaría tenerlas, sí. Pero es aquí cuando ella, a través de esa petición de un par de zapatos de nuevos, expresa necesidades no comprendidas, y por tanto no atendidas, por su madre.

Aún así, Carlota se recompone para ir directa con la pregunta que le dará respuesta y calmará su sensación de celos tan tremenda, entre otras:

“¿Por qué a mi hermana sí y a mi no?”

Lo que seguro tendría una respuesta lógica y coherente. Porque tú no necesitas otro par, porque las suyas no se rompieron, porque hoy no tengo más dinero disponible, porque es su regalo de cumple, porque me encantaron para ella… lo que sea, pero siendo honesta la madre podría haber evitado la sensación de vacío que vivió Carlota en aquel momento.

Y así, desatendida (no se había hecho caso a su petición), menospreciada (mami le va dando la mano a la beneficiaria), víctima de una injusticia (si Mamá siempre dice que las 2 son iguales para ella hoy no lo parece), sin significado para Mamá (“deja de dar la nota…”), tratada en tono autoritario (“Camina. Sal de la tienda), insultada (deja de ponerte tonta/ no seas pesada…), amenazada (“…ahí te quedas”)… Carlota SIGUE ATENTA LOS PASOS DE SU MADRE, de esa persona a la que más quiere y necesita del mundo.

Viendo estas consecuencias (que podría haber sentido en mayor o menor medida, ya dijimos al principio que depende de cómo cada uno lo interprete y lo reciba), ¿Hablarías así a tu jefe? ¿Por qué sí a tu hijo?

¿Te gustará que, siendo adolescente, tu hijo te hable y te cuente lo que le ocurre, lo que le preocupa, cómo le va la vida, qué le gusta hacer o cómo ha ocurrido el golpe en la defensa del coche?

¿Te gustará que te dé explicaciones?

Pues debe aprender con el ejemplo.

Las explicaciones pueden ser breves, resumidas, quizá no del todo completas en detalles (según la edad del niño) pero deben ser una oportunidad de ENSEÑAR CÓMO SE DAN para que luego las den. No debe haber problema en dar explicaciones, todos las necesitamos en alguna ocasión (unos más que otros) y todos las sabemos dar.

La clave está en que sepamos tener buen humor y mantengamos la conexión emocional, que sepamos ser honestos con nosotros mismos y con ellos, que practiquemos también la empatía y al fin aprendamos a ponernos en su pellejo (o en sus sandalias brillantes):

“Veo que te encantan cariño. A mi me parecen también preciosas. Sabes que a tu hermana se le rompieron las suyas y necesita unas nuevas para estos últimos días de verano. Yo sé que tú con las que tienes pueden apañarte hasta que, en dos días, volvamos a casa porque allí tienes las otras  que te regaló la abuela ¿te acuerdas?. Confío en que, aunque ahora te sientas mal, puedas entender esto y sigamos juntas a la siguiente tienda. ¿Me das la mano y vamos?”

 

Aquí veo a Carlota haciendo el gran esfuerzo y, desde la calma que se siente en el ambiente, aceptar de mejor grado el salir de la zapatería y seguir su camino. Veo a Carlota y a Mamá conectadas, cerca, presentes y disponibles. Se me escapa la sonrisa si me meto en su piel y escucho estas palabras salir de la boca de Mamá. Me apetece darle un abrazo enorme. Se me vuelve a escapar la sonrisa.

No hay rastro de injusticias, humillaciones, amenazas… Hay respeto mutuo.

Compartes??

Virginia García

Contigo Desenredo

 

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