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"Qué suerte tienes Mamá, que no tienes que dormir sola" 

“Qué suerte tienes Mamá, que no tienes que dormir sola”

“Mamáaaaaaa, no me puedo dormir”

Esta y otras frases similares escuchamos tantas veces que ya nos hartan ¿Verdad? 

     “Me hago pis”    “Déjame la luz del pasillo encendida”   “Quédate conmigo hasta que me duerma”    “Tengo mocos, sed, hambre, frío o calor…”      “Tengo MIEDO” 

Y es que, a esas horas, cuando estamos deseando ya que por fin se vayan a la cama, paciencia queda poca o nada y, claro, se agota, porque no vemos el momento de que llegue el silencio y el “pause” que nos permite relajarnos un poco después de tantas horas y tanta energía invertida ¿en atenderles?

Pues esperamos ese momento como agua de mayo para desconectar de ellos, evidentemente, bien sea en el sofá viendo T.V.  o las redes sociales, bien tendiendo la última lavadora o cocinando para el día siguiente… lo que sea pero sin ellos.

Y no nos damos cuenta de que es justo en ese punto de la tabla de rutinas diarias donde quizá más nos estén necesitando cerca, como apoyo, como sostén.

Porque la noche es tremendamente larga, oscura, silenciosa y desamparada si estás solo cuando no quisieras estarlo.

Yo entiendo (porque la empatía me lo permite y porque lo he vivido en alguna ocasión) que deseemos ese rato de estar sin ellos antes de acostarnos, lo entiendo, y lo que creo es que debemos revisar lo que nos pasa a nosotros para que, al final de un día (un día más en su enérgica y exuberante vida de niños pequeños) no nos apetezca estar más con ellos. Evidentemente esa situación que se genera cuando uno de los hijos (o más de uno) no quiere quedarse solo en su habitación no es beneficiosa para nadie en casa, ni para nosotros, ni para los hermanos, ni demás personas que convivan en la casa ni para el propio niño.

¿Podemos evitarla? Por supuesto, veamos cómo fijándonos antes en la razón por la que esto puede estar pasando.

¿Qué podemos estar haciendo mal?  ¿De qué manera podríamos estar revisando lo que hacemos?

Son varias las causas por la que los adultos podríamos estar reaccionando de forma bloqueadora, negándonos a atender las necesidades de nuestro hijo al final de la jornada, y fijaros que digo “reaccionando” cuando lo que el niño no espera reacción si no que espera y necesita respuesta.

Mamá, no me puedo dormir

Mamá, no me puedo dormir

Lo más habitual es que de antemano ya no estemos bien nosotros, sí, que haya una parte de nosotros desatendida y eso no nos permita estar bien para con los demás ¿desatendido nuestro cuerpo, nuestra mente, nuestra alma… o quizá desatendidas las tres partes? Ya sabéis cual es la palabra que define el malestar en cualquiera de estas tres áreas: Estrés (su propio nombre lo indica “es-tres”) y disimulando con ello vamos pasando por “formas de estar, hacer y educar” que derivan a diario en una  mala gestión de los conflictos, un autoritarismo desgastante,  un permisivismo insoportable, un salto de un estilo a otro incoherente en el que nuestro hijo va y viene con nosotros, una necesidad obsesiva de control sobre todo y sobre todos… Son muchos los factores que podríamos anotar aquí y, la  mayoría de ellos estarían viniendo del mismo punto de origen: la falta de atención en nuestra infancia.

Pudimos haber tenido los mejores padres del mundo (son los nuestros y que no nos los toque nadie) aunque  no exime de que nos hubieran desamparado en algún momento en que, de forma inconsciente, su necesidad de bienestar pasase por encima de la nuestra (tenían que trabajar muchas horas para pagar en coche que tanta falta nos hacía y tú les esperabas, tenían que tomar pastillas para poder dormir unas  horas seguidas y tú te acurrucabas bajo la manta porque era mejor no molestarles, tenían que estar solos y tú te mantenías a la escucha tras aquella pared o te refugiabas con tus hermanos…) Sus intentos por mantener la entereza o hacer lo que había que hacer pasaban por no estar tú presente o no tenerte en cuenta. “Qué suerte tienes Mamá, que no tienes que dormir sola” 

¿Y qué ocurría si aparecías reclamando atención por algo latente?  Que surgía el caldo de cultivo perfecto para colgarte la etiqueta desde la que se dirigirían a ti: llorón, pesado, insolente, desobediente, miedica, excesivamente demandante, escandaloso, retador, inoportuno…

 ¿Imaginas (o recuerdas) estar en tu cama, de aquella tu habitación, necesitar que viniera alguien (quien te maternaba especialmente) y que la respuesta fuese…?

  • “Que te metas en la cama y te pongas a dormir de una vez”
  • “Llevas ya más de media hora acostado ¡duérmete carajo!”
  • “Me da igual que llames y llores, ya te conozco yo bien y sé que no te falta nada así que no esperes que suba, cierras los ojos y te duermes que para eso no te hace falta nadie”
  • “¡Se acabó! ¿no quieres ponerte a dormir? ¡pues fuera de la cama, venga, siéntate ahí en el pasillo y a callar, hasta que te entre el sueño!”
  • “De eso nada, no malgastamos más luz por estas tonterías: la luz apagada y a dormir”
  • “No hijo, no. Yo ya te di un besín y ahora tengo que hacer más cosas de casa, no me puedo quedar contigo aquí que es muy tarde”
  • “Ya está otra vez… ¿ahora qué te pasa? Todos los días igual… ¿Es que no puedo yo tener un rato para mi tranquila ni al final del día? ¡Esto es insoportable!”
  • “Abraza al osito que él te cuida… coge tu trapito de dormir que te calmará, yo ahora no puedo”
  • … “Qué suerte tienes Mamá, que no  tienes que dormir sola” 

Y el niño tira como va pudiendo y a lo mejor un día te sorprende con una expresión tal que esta:

Qué suerte tienes Mamá, que tú no tienes que dormir sola

Terrible visto así ¿verdad? ¿Te reconoces como persona maternante en alguna o como niño que fuiste?

Y resulta que un buen día (digo buen día porque es un día en que hay un mayor equilibrio entre tu cuerpo-mente-alma, en que por alguna razón tienes mejor ánimo para ti y para dar a los demás) cuando se acuesta le besas, le acaricias, le deseas lo mejor durante esas horas de la noche y te dispones a salir de su habitación, y al oír un “¿Mamá, te quedas conmigo?” resulta que no te arde el pecho y respondes (no “reaccionas”) con un

Sí hijo, aquí estoy

Ese hijo está a salvo, atendido, amparado… te aseguro que solo necesita conexión emocional con un adulto confiable ¿y quién mejor que la persona maternante?

Pensemos que muchos adolescentes y jóvenes, incluso muchos adultos con trastornos del sueño, tienen el origen de su malestar o desequilibrio en la infancia, en situaciones de desamparo ante una noche más, tan larga y oscura como la anterior. Pensad en ese niño que, con 8 o 9 años, tiene pesadillas y reclama atención, está sufriendo ante algo que no puede gestionar solo y claro que tendrá que hacerlo si nadie acude pero no lo hará de forma segura ni efectiva, solo lo intentará y quedará más en un evitar/parchear/esconder antes que en una gestión sana.

Si con 2, 5, 8 o 16 años pide amparo y no se lo das  lo seguirá pidiendo mientras va “tirando”, lo pedirá de un modo u otro con sus parejas sentimentales, con sus compañeros de equipo o empresa, con ese otro con el que siempre coincide en ese bar o contigo,  al menos mientras te tenga.

Hay razones por las que los niños sufren pesadillas, hay razones por las que piden los bebés amparo, hay razones. ¿Las buscamos, pensamos, atendemos…? Muchas veces no, como en tantas ocasiones en las que decimos que se portan mal y no nos damos cuenta de que, detrás de ese comportamiento, hay unas necesidades sin cubrir.

Cuando estamos abiertos a ver y entendemos el porqué de las actitudes podemos atender la necesidad para crear un entorno seguro y estable donde el niño se desarrolle en calma y equilibrio. ¿Qué le queda a un niño cuando la persona de referencia no le atiende en las necesidades básicas? La única opción es: Sobrevivir emocionalmente. Y hay quien lo hace durante muchos años con la botella de cerveza en la mano.

Entonces démonos cuenta de que si lo único que piden es amparo debemos dárselo ya, cuanto antes mejor.

No lo piden  por capricho, es una necesidad del ser humano que algunos pediatras de alguna época se pasaron por alto, aconsejando que se pasase al niño a su habitación para que durmiese solo cuanto antes, y dejando así de cuidar (como es su obligación) a generaciones enteras de infantes desamparados.

¿Recuerdas la última vez que viste una camada de cachorros? Gatos, perros, lo que sea… mamíferos amontonados dándose calor y teta, seguridad al fin y al cabo. Pues eso.

"Qué suerte tienes Mamá, que no tienes que dormir sola" 

“Qué suerte tienes Mamá, que no tienes que dormir sola”

Ya, ya sé que el colecho no es la opción preferida de muchas familias, que así no hay quien duerma, que no se descansa igual, que al día siguiente hay que trabajar, que ahora las cosas ya no son así porque ha habido evolución…Vale ¿y si esa evolución nos está llevando, como vemos hoy, a desamparar a nuestras crías? ¿Cómo serán los adultos del futuro si su infancia está forjando miedos, recelos, desconfianza…?

Alguien a quien admiro dijo en alguna ocasión que los adultos somos todos, en mayor o menor medida, zombis emocionales” que vagamos por el mundo, cuánta razón le doy.

Encuentro adultos, principalmente mujeres-madres que son las valientes que se revisan, arrastrando un desamparo enorme bien escondido tras una armadura de hierro de las que les cuesta mucho desprenderse, zombis emocionales tras la barrera en la que sí se han sentido seguros y en la que han decidido quedarse.

Ahora, mientras decidís si tenéis algo que revisar en vosotros, mientras repasáis mentalmente cuánto auto-cuidado estáis practicando, mientras traéis a vuestra mente recuerdos de momentos en los que de niños llegaba el momento de irse a la cama… Os ofrezco un consejo:

Disfrutad de criar, cuidar  y educar a vuestros hijos, aprovechad los instantes con ellos,  porque si les negáis vuestra compañía todos estaréis sufriendo y pelaréis un poco más el cable de la conexión emocional que os une. Tumbaos a su lado, dejadles estar en la cama grande, hacerles sentir vuestro amor honestamente… No es consentirles, es sostenerles.

Si les amparáis ahora caminarán seguros y estarán listos para amparar a otros que vendrán detrás. ¿Os gustará ver cómo estos hijos desamparan a vuestros nietos o cómo les aman y atienden en la medida de sus necesidades?

No es necesario que os diga (y aun así os lo voy a decir) que poniéndose al borde del precipicio se ve la vida de otra manera, así que vamos a poner ahora mismo los dedos de nuestros pies justo al borde de la caída para poder tomar perspectiva y dejar de ver el tema de ir a dormir solos o acompañados como una tragedia: Si esta noche negáramos nuestra compañía a nuestro hijo y mañana por la mañana no se despertase porque hubiese muerto  mientras dormía… ¿qué?  

Ahí sí que ya nos estaríamos flagelando por la mala decisión tomada de no haber aprovechado los momentos juntos y en calma, por no haber sido bote salvavidas en sus desvelos, por no haber dejado una lucecita encendida, por habernos dejado llevar por el qué dirán y por el hacer las cosas como se debe…

No hace falta que os lo diga, vosotros solos podéis hacer este ejercicio de conciencia poniéndoos al borde del abismo, en el supuesto de alguna situación irreversible, para relativizar y revisar decisiones tomadas.

Entonces sí serán felices sueños y descansaréis.

 

Virginia García

www.ContigoDesenredo.es

www.CongresoCCE.com

 

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