Te vas a duchar. Entras en modo automático y sigues cada paso casi sin pensarlo. Te desvistes, dejas la ropa en ese sitio y de esa manera, preparas esa toalla, regulas el agua, te mojas y coges el champú. Lo echas en la mano y te frotas con él la cabeza y el pelo. Ahora enjabonas también tu cuerpo. Igual repites lavado de cabeza, o no, te pones mascarilla, o no, te pasas la piedra pómez en los talones, o no. Aclarado general. Sales. Secarse, vestirse y a seguir.

Sigues tus pasos habituales.

Te desvistes, duchas y vistes mientras piensas en qué vas a preparar de comida hoy, cuánta celulitis te ha salido, qué bien has dormido esa noche o qué largos se hacen los días hasta que te den las vacaciones.

Vamos, que te duchas sin estar ahí, sin estar presente.

Fíjate, cuando educas puede que estés funcionando igual, en automático, haciendo como sueles hacer aunque después también tengas las quejas que sueles tener.

¿Qué tiene que ver mi ducha con mi forma de educar?
Efectos de ducharse, y educar, en automático

¿Te has fijado que sueles usar la  misma mano para coger el champú y los mismos movimientos para frotarte la cabeza?  También usas las mismas frases, los mismos tonos y la misma actitud (y desde las mismas inseguridades) cuando te diriges a hijos o alumnos. Interesa revisarlo. Porque, cuando cambias algo, por poco que sea, te genera nuevos resultados, no es seguro que sean más favorables pero cuando la situación está regular compensa intentarlo al menos.

Simula que pruebas lo siguiente: en tu próxima ducha intentas cambiar las rutinas, algo sencillo para empezar (dejar tu ropa en otro lugar, coger el jabón con la otra mano, cambiar el orden de  movimientos mientras frotas tus brazos o lavas tu pelo, coger otra toalla que nunca habrías elegido…) y solo con eso te darás cuenta de la gran diferencia: has estado presente, atento a ello mientras lo hacías, dedicando un instante de tu pensamiento a la acción antes de ejecutarla y, entonces, has experimentado una ducha distinta, igual de válida y con reportes diferentes.

Ya solo eso enriquece, mantenerse atento da calma y ayuda a tomar decisiones sobre cómo sentir, qué pensar, cómo hacer y qué decir.

Así es también para acompañar y educar a esos hijos y alumnos. Dándonos un momento, estando presentes, viéndoles desde un paso más atrás con nuevas perspectivas para apreciar detalles que pasaban inadvertidos.

Pequeños gestos en uno mismo (recuerda aquello de atender tu metro cuadrado) que impactan en los demás de forma favorable. Hablarle a un hijo o alumno estando presente es el polo opuesto a hablarle en automático.  La conexión emocional entre ambos mejora y se amplía. El resultado será visible enseguida.

Ahora permítete una ducha consciente, no hacen falta spas ni tratamientos específicos (que están geniales y son un plus de auto-cuidado), sin excusas, empieza por lo que tienes al alcance. Empieza por ti.

Virginia García

Yo, Contigo, Desenredo.

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