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“Y si estamos en público… ¿Cómo lo hago?”

Es cierto que, estando en público, ante un comportamiento “no adecuado” por parte de nuestros hijos nos sentimos muy presionados y nos resulta más difícil mantener la calma, la conexión y, en resumen, la eficiencia de nuestro método respetuoso.

Pensamos que los adultos que observan o están cerca van a juzgar nuestra labor como padres o educadores y, por satisfacer al público, optamos por el camino más rápido y eficaz A CORTO PLAZO: imponer autoridad y castigar.

En una ocasión mis hijos colaboraban en llevar las bolsas de compra desde el supermercado hasta el coche. Suelen hacerlo y estamos acostubrados a repartir las bolsas según el peso y las posibilidades de cada uno (fuerza, ganas, humor…). Aquel día uno  de mis hijos se sintió cansado a medio camino y se quejó de que pesaba mucho y no quería seguir llevando las bolsas. Ningún comentario jocoso, irónico o de queja por mi parte hubieran ayudado al crío. Todas las personas que estaban en el parking se volvieron hacia nosotros cuando oyeron el ruido de una bolsa azotada al suelo y el grito con rabia de un niño agotado.

En ese momento, lo más probable sería que, como madre responsable de la situación, yo me sintiera observada ¡y juzgada! (“Mira cómo hace cargar a sus hijos”, “Qué malcriado lo tiene, le va a estropear la compra” o incluso “Normal. Hoy en día no hacen vida de ellos!”)  pero NO, lo que hice fue: asegurarme de que no se había parado en un lugar de peligro, terminar de dejar mis bolsas y las de su hermano en el coche y volver hacia él tranquila.

Es muy sencillo de entender: SI YO TUVIERA SU EDAD Y SU CANSANCIO SEGURAMENTE HUBIERA DESEADO HACER LO MISMO… Y QUE MI MADRE VOLVIERA TRANQUILA PARA AYUDARME.

No me preocupaba ni me ocupaba lo que pensara mi público, me llenaba pensar que les iba a hacer una demostración en vivo (y gratis) de lo que es la Educación Respetuosa 😉

Así que, cada vez con más amor por mi hijo, me agaché a su lado y le hablé.

“Creo que hoy yo debía haber cogido esta bolsa. ¿Te ayudo y seguimos? En cuanto lleguemos al coche la guardamos y nos sentamos a gusto a descansar ¿Vale?”

“Llévala tú, yo no puedo más”  (aún con el ceño fruncido)

“Yo sí puedo, tranquilo. ¿quieres llevar tú las llaves y abrir el maletero?”

“¡Vale!” (sonriendo y corriendo hacia el coche)

No me había dado por vencida. Sólo había sido empática con él, manteniendo la conexión, cuidando lo más importante: que nuestra relación se mantuviera SANA, y claro, consiguiendo el objetivo que era que, tras 2 horas de compras, volviéramos todos al coche CONTENTOS.

De nada hubiera servido ironizar delante de la gente: “Hombre, claro que puedes, venga! un esfuerzo! que te va a ganar tu hermano! Hoy no comiste bastante ¿o qué?”   o el descargar mi propio cansancio y agobio sobre él: “¡Venga anda! ¡que más estoy cargando yo y no me voy quejando para agobiar a los demás! ¡Ahora mismo lo recoges!… Ah! y olvídate de lo de ir al cine! si no tienes fuerzas no tienes para nada!!”

Si la situación incómoda sucede entre gente de confianza que se van a “atrever” a meter las narices y a avivar el fuego, la mejor opción sería: DESHACERSE DEL PÚBLICO, por ejemplo, pidiendo de forma respetuosa que se adelanten o aparten y que os dejen resolver el asunto en privado. Tu actitud firme y cariñosa les dejará tranquilos y podrás atender las necesidades de tu hijo manteniendo su dignidad ante todo.

No permitas que la presencia de público convierta vuestra relación de amor y respeto en un simple teatro.

No te enredes.

Yo Contigo Desenredo,

Virginia García

 

 

 

 

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